miércoles 07 de octubre de 2026 - Edición Nº841

Provinciales | 7 oct 2026

Hernán Claus. Diario Olé.

Gracias eternas, Lionel Andrés Messi

07:26 |Cierra los ojos. Es un segundo. Escucha voces. Un Monumental explotado que lo aclama, que le entrega una última ovación en un partido oficial. El "Meeeessiiiii, Meeeessiiiii", suena como reverencia absoluta, la gente se emociona, los chicos (y no tan chicos) lloran porque no conciben una Selección sin Lionel Messi: es lo único que conocieron (este extraterrestre jugó 21 años en la Mayor) y no pueden creer lo que está sucediendo. En el país de la grieta, por unas horas, no hay grietas: la emoción nos invade. Se despide de la Selección el mejor jugador de la historia o simplemente el pibito que perseguía un sueño: ser feliz jugando a la pelota.


Leo llora cuando llega. En el micro, emocionado. Se seca las lágrimas mientras mira su vida de Selección pasar por la ventanilla. Cuando llega al estadio se encuentra con el vestuario de ploteado y él, por teléfono, ya se asegura que Anto y los chicos están en el palco. Fue una emoción atrás de otra: trató de contenerse cuando salió a realizar la entrada en calor, en la que recibió una tremenda ovación: levantó la mano hacia los cuatro costados.

Salió a la cancha miró el cielo. Acompañado de sus hijos, escuchó el himno. Esta vez no lo cantó: tenía un nudo gigante en la garganta. Es un instante en el que a Leo, al niño Leo, se le pasa la película de su vida. Escucha clarito a su abuela decirle a Salvador Aparicio, su primer DT, "ponelo que te va a salvar el partido" y casi que con la misma nitidez recuerda la respuesta: "Señora, mire que es muy chiquito, lo van a lastimar". Y hasta recordar con una mueca que nadie percibe porque es un flash de un segundo: "Ponelo", enfatizó la abuela a la que le dedica el último Last Dance, lo mismo que a papá Jorge. En ese momento empezó esta pasión llamada fútbol, esa que esta noche le pone punto final al capítulo más amado: la Selección.

Continuó con sus rituales. Con cada uno. Después del sorteo, le entregó el banderín de Benín a Dady, se abrazó con cada uno de sus compañeros y empezó a rodar el partido clase A, disfrazado de despedida. Pero a Leo le cuesta entrar en sintonía, como al equipo y más después del minuto 10, donde cada jugador africano le rindió culto abrazándolo. Y ahí se apuró: quería cortar con los homenajes, quería pagar la entrada. Y lo hizo en el segundo tiempo, con esa asistencia para Otamendi para el 1-0 que avivó la noche y para el toque previo al gol del que pronto usará la 10, Nico Paz, que hizo el 2-0. Y para que la fiesta fuera totalmente completa, convirtió el 3-0 de penal: para que sus compañeros le hicieran una rondita, como si fuese un cumpleaños, para celebrar su gol número 126 con la camiseta argentina, para dedicárselo a su abuela Celia.

Es que desde siempre el Messi niño sólo quería jugar a la pelota. Y quizás el mejor reflejo de eso son sus tres hijos: ellos hacen lo mismo. Ven una redonda y se ponen a correr detrás de ella, no importa si están en Qatar en la noche de la tercera estrella, en el medio de la fiesta de los campeones mirando cómo Pablo Aimar, el ídolo de su papá, los observa con admiración y ojo clínico. Ahí van Thiago, Ciro y Mateo en la cancha de Inter Miami o en el Monumental, casi que replicando la imagen que mamá Celia sigue guardando en las retinas: Leo, Matías y Rodrigo en el humilde club Grandoli o en la calle jugando a la pelota.

El Messi niño tenía el sueño de ser jugador de Newell's y por qué no de la Selección. Pero la vida le empezó a poner trabas a ese pibito que llamaba la atención de todos en Rosario. "Hay un zurdito categoría 87 que la rompe", se repetía entre los formadores. Pero un déficit en la hormona de crecimiento parecía poner en jaque aquel talento, aunque el destino no sabía con quién se había metido...

Ahí está Leo, el hombre de 39, el papá de tres hijos, el esposo de Antonella, el hijo de Celia, el amigo de De Paul, Otamendi, Lo Celso, Di María y Paredes, el inspirador de Enzo Fernández, Cuti Romero, Alexis Mac Allister, Julián Álvarez y Lisandro Martínez, el ídolo para siempre de Nico Paz, Mastantuono y Flores, con quienes terminó jugando como un guiño del destino. Ahí está, recibiendo un homenaje que le mueve los cimientos, que es tan justo como inesperado, si sólo se piensa que hace 10 años decidía decirle no va más a la Selección, "esto no es para mí", en épocas de críticas feroces y de hateos a sus compañeros.

Pero cómo se iba a rendir. Fue uno de tus tantos amagues. Si para él, aquellas finales perdidas, aquel destrato, fue el envión definitivo para cambiar la historia. Si se había bancado el desarraigo, el llanto al hablar desde un teléfono público de Barcelona porque extrañaba a su mamá, las miles de inyecciones (que él mismo se aplicaba) para poder ganarle a esa hormona de crecimiento. Volvió más fuerte. Porque tenía un sueño, ese con el que arribó un frío viernes de junio al predio de Ezeiza, con papá Jorge, después de lograr que sus gambetas llegaran a los ojos de Hugo Tocalli en un VHS, después de que su abuela escuchara la voz en el teléfono de Omar Souto desde un locutorio de Monte Grande, después de decirle que no a España en reiteradas oportunidades, cuando apenas era un chaval de 15 ó 16 años.

"Que de la mano de Leo Messi todos la vuelta vamos a dar". Se escucha en Núñez, se escuchará para la eternidad. Será una canción que será bandera y remera porque Leo le ganó a todos y hasta a él mismo. Porque su legado es tan groso, que después de tirar la pared en el Maracaná, en Wembley y en Qatar, se expuso a que el final de la historia de amor más grande conocida en el deporte no tuviera un final tan épico. Porque eran pocas las chances de que otra vez todo saliera perfecto, pero fue por más. Y a los 37 años logró la segunda Copa América y a los 39 fue el mejor jugador del Mundial, nos regaló un partido que vale como una estrella con Inglaterra, con esa jugada que lo pinta de cuerpo entero: exhausto, eludiendo a dos jóvenes ingleses, para ponerle la pelota en la cabeza a Lautaro para una explosión increíble, para lograr que el tema Malvinas deje de ser canción para ponerse en la órbita del planeta.

Nada será igual sin Messi, pero el curso del mundo continuará. "La vida es eso que nos pasa mientras Leo hace goles", es la frase que repetimos en la redacción de Olé cada día que él juega. Porque más de 21 años en la cresta de la ola es para un elegido. Él sólo lo logró y en el final, dejándonos otra enseñanza de vida. Ser parte de un Mundial, salir a ganar, a gambetear, a devolverle la entrada a cuanto hincha la ha pagado, cuando sabés que que tu papá Jorge está transitando sus últimos días. Leo tuvo un coraje encomiable para jugar como siempre y llorar a escondidas. Quizás no somos conscientes del legado humano que deja Messi...

Leo se va en paz en la Selección. Cumplió todos los sueños, sabiendo que se construyó mucho más que su ciclo, que se deja una enseñanza, que la Scaloneta queda en excelentes manos porque el creador DT continúa y porque los chicos que lo tenían como ídolo, hoy son hombres que tiran en andas a su capitán, pero ya tienen claro que serán ellos quienes deberán ratificar el rumbo.

Sólo queda decirle gracias totales. Por el fútbol, por los goles, por su insistencia, por no rendirse, por haber querido (y luchado) para jugar en la Argentina. Por este Last Dance, por la seriedad que se tomó hasta el último partido con Benín. La Selección ya no será lo mismo sin Messi, pero qué felices que fuimos.

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