La noticia impacta por más lógica que sea. Messi se retira a los 39 años de la Selección, después de haber ganado todo, después de haber jugado seis mundiales, después de vaciarse en aquella semifinal con Inglaterra que tiene un valor tan legendario que hoy es difícil de mensurar. El problema no es la noticia, sino lo que la noticia genera en cada hincha del fútbol.
Hace 21 años que Leo llegó a la Mayor y muy rápido fue ícono de una Selección con historia que tenía a Maradona como prócer. Por eso el vacío será gigante, porque ni Diego jugó tanto tiempo en continuado, ni tantos partidos ni hizo tantos goles ni logró tantos títulos. No hay comparación acá, solo hay una descripción y lo que esa descripción significó en la vida de distintas generaciones de argentinos (y de los hinchas de otros países que se pusieron la celeste y blanca por amor a Leo).
El Messi ejemplo dentro del campo de juego está a la vista de todos. aunque no está de más recalcar que cuando algo no le salía con naturalidad él se esforzaba en tratar de corregirlo y ahí qué mejor que recordar cuando perfeccionó los tiros libres (algo que de entrada no le era fácil) para convertirse en un verdadero especialista. Pero hay un legado que va más allá y que tiene que ver con todo lo que luchó para cumplir sus sueños (y los nuestros). Sólo hay que repasar un par de líneas de esta historia: Leo fue tentado por España, el país que lo arropó a los 13 años, y contestó que no, que él estaba esperando un llamado de Argentina, cuando en la Argentina aún casi nadie sabía que existía un zurdo que la rompía en el Barcelona.
Messi se ha superado siempre. Desde que jugaba en Grandoli llevado por su abuela Celia hasta el hombre que a los 39 años clavó un póker en un partido de MLS. En el medio, el sufrimiento primero cuando le detectaron un déficit en la hormona de crecimiento, el desarraigo para irse a probar suerte a Europa, las inyecciones que él mismo se aplicaba, los comienzos entre lesiones en las Inferiores del Barsa, hasta una vida que cambió para siempre con las gambetas, los goles y los títulos en la Ciudad Condal.
Leo fue tocado por la varita. Es un genio, sin dudas. Pero a lo natural, le sumó una resiliencia (reflejada a la perfección en aquel centro de derecha, ya exhausto, contra Inglaterra para el 2-1 de Lautaro Martínez) absoluta para salir adelante, para manejar las frustraciones de que el mundo lo amara y en su país lo criticaran, para reinventarse tantas veces, hasta que con los chicos de la Scaloneta que lo bajaron del poster pudo cumplir todos esos sueños que habían sido pesadilla.
Quizás su último y gran gesto de amor con la Selección fue jugar el Mundial 2026. Con 39 años, con el cuerpo gastado y el alma en pena por cómo estaba su papá, Leo decidió vivir su last dance. Con una entereza encomiable, con un grupo que lo contuvo en los instantes más tristes personales, pero después vivir una de las alegrías más grandes deportivas, esa del 15 de julio de 2026 en Atlanta, que casi que se dan la mano con la del 18 de diciembre de 2022 en Lusail.
Será imposible que la Selección no lo extrañe y será un trabajo muy arduo para Scaloni armar el post Messi. En la carta de despedida y también en el vestuario post final, el 10 comenzó a marcar el camino. Ese que habla de unidad, de estar todos juntos, de seguir ponderando lo grupal por sobre lo individual, más allá de que él ha ganado casi solo partidos en su carrera. Porque es verdad que sin el talento de Leo nada de esto hubiese sido posible, tan cierto como que sin la construcción de un grupo no hay ningún extraterrestre que pueda conseguir títulos importantes. Y la historia de Messi en la Selección también marca eso.
Una estrella que vive con naturalidad, que tuvo una forma de liderar casi sin levantar la voz porque en la Selección nunca necesitó gritar para que se lo escuche. Por eso lo quieren todos, no sólo por sus hazañas, sino por su humildad con los que estuvieron cerca suyo: dirigentes, técnicos, administrativos, utileros, cocineros y cada uno de los más de 200 jugadores con los que compartió estas más de dos décadas.
Habrá que procesar su salida primero para después ser conscientes de que fuimos contemporáneos de un fuera de serie que se mantuvo más de 20 años en la cresta de la ola, que jugó seis Mundiales, que llegó a tres finales, que ganó el Mundial Sub 20, los Juegos Olímpicos, dos Copas América, la Finalíssima y que bordó la tercera estrella, esa que el mundo festejó, no sólo el pueblo argentino. Porque más allá de que Leo es nuestro, también es patrimonio de todos los amantes del fútbol.
Gracias eternas, capitán.