El motor volvió a encender una pasión que no entiende de fronteras. La 51.ª edición del Gran Premio de la Hermandad reunió una vez más a pilotos argentinos y chilenos en los exigentes caminos fueguinos, donde cada kilómetro puso a prueba la velocidad, la estrategia y el corazón de las tripulaciones.
Lucas Garro fue sencillamente demoledor. Navegado por su padre, Marcelo Garro, dominó de punta a punta y conquistó su segunda victoria en la tradicional competencia. Corrió con autoridad, mantuvo un ritmo imposible de seguir y confirmó que es uno de los mejores pilotos de la región. Branko Guic terminó segundo y Christóbal Masle completó el podio.
La categoría D regaló una batalla espectacular. Nacho Pavlov había cerrado la primera etapa con más de 25 segundos de ventaja, pero Matías Villarroel tenía otros planes. Salió a todo o nada en la jornada decisiva, protagonizó una remontada brillante y terminó ganando por poco más de 20 segundos. El chileno Sebastián González se quedó con el tercer lugar.
Luis Marchisio volvió a demostrar que la pasión no tiene edad. Con 75 años, el histórico piloto consiguió su cuarta victoria en el Gran Premio, ahora dentro de la categoría C1. Navegado por Luis Liporace, manejó con inteligencia, evitó errores y controló el ataque de Emanuel Sosa. Miguel Alarcón completó el podio.
Si lo de Marchisio fue emocionante, lo de Constante Moreno Preto también merece un capítulo especial. A sus 76 años, la leyenda viviente se impuso con contundencia en la categoría A y dejó en claro que todavía tiene mucho para dar. “Cone” Andrade finalizó segundo y Constanza Bronzini celebró su debut como navegante con un lugar en el podio.
Federico Bronzini protagonizó otra de las historias más lindas de esta edición. Ganó acompañado por su hijo Stefano en la butaca derecha, convirtiendo el triunfo en un recuerdo familiar que seguramente guardarán para siempre.
Garro puso la contundencia, Villarroel la remontada, Marchisio y Moreno Preto la vigencia, y los Bronzini la emoción. Cinco historias diferentes resumieron el espíritu de una carrera única.
La Hermandad volvió a rugir y, en su edición número 51, demostró que sigue siendo mucho más que una competencia: es tradición, familia y pasión compartida entre Argentina y Chile.