Por: Lucrecia Fruncieri
El sendero se fue cerrando de a poco, obligándonos a concentrarnos en cada paso. Entre raíces, barro y piedra, el bosque nos envolvía con un silencio profundo, apenas interrumpido por alguna risa nerviosa o una frase de aliento. Hubo momentos de cansancio, claro. Paradas largas, respiraciones profundas y miradas cómplices que decían más que cualquier palabra.
Cuando dejamos atrás el bosque y el paisaje se abrió, el esfuerzo empezó a tener sentido. El viento pegaba fuerte y el terreno se volvía más exigente, pero ya nadie pensaba en volver. Subimos juntas, a nuestro ritmo, empujándonos cuando hacía falta y celebrando cada tramo ganado.
Y entonces apareció. El Ojo del Albino, helado, inmenso, perfecto. Nos quedamos en silencio unos segundos, como si hablar fuera romper algo sagrado. El agua quieta, las montañas alrededor y esa sensación de haber llegado hasta ahí con el cuerpo cansado pero el corazón lleno.
Nos sentamos, sacamos fotos, compartimos comida rica y risas. No fue solo llegar al destino; fue el camino, el compañerismo y la certeza de que algunas experiencias se disfrutan más cuando se viven juntas. Volvimos distintas, con las piernas agotadas y la cabeza liviana. El Ojo del Albino quedó ahí arriba, pero algo nuestro se quedó con él.